DE UTOLANDIA A REALITRÓPOLIS. EPISODIO 3: LA DIVINA DIARREA
EPISODIO 3: LA DIVINA DIARREA
Abril 26, 2026
"Nolemus leges mutari"
Aquel
viernes daba su función un circo que habían traído de Utolandia a
Realitrópolis. Se trataba de un circo bastante especial, uno para mayores de
edad o emancipados, sin acceso a discapacitados, mutilados ni mujeres.
Enterados
del caso, un grupo de cuatro amigos acordaron ir a ver el espectáculo. Entre
ellos estaba el "Viejo", la voz de la experiencia; el
"Joven" con hambre de conocimiento. También
estaba "El Diácono" que sólo repetía los mensajes del
"Viejo", siempre a su sombra y cuidando de no pisarla, asintiendo al
punto que su cuello parecía un resorte; y el "Nuevo" que nunca había
ido al circo, quien como letrado entendía de letras, pero poco o nada de
símbolos.
Marcharon
aquella noche con bastante antelación pues la entrada suele ser larga pese a
que va muy poca gente. El circo tiene varias boleterías, y en cada una se abona
un concepto distinto. Así marcharon durante largo rato hasta llegar a la boletería
N°19 donde no se debía abonar canon, sino sólo responder una pregunta: "¿Que es Dios para usted y cuáles son
sus obligaciones para con él?".
El
Joven fue el primero en acercarse, siendo interpelado por el boletero con la
pregunta, a lo que respondió: ─ "Mi
Dios no es físico y no tiene representación pues no la necesita y no sería
posible. Yo soy parte de él y el es parte de mí. Es la energía que inició el
tiempo y el movimiento del Universo, es quien trazó las reglas que ponen Orden
sobre el Caos, el que dijo a los planetas como moverse, a los animales cómo
reproducirse, al ojo como ver. Yo soy a él como una célula viva es a mí, y así
como la célula tiene una misión dentro de mi cuerpo, mi deber es descubrir mi
misión dentro de él y realizarla". El boletero presionó el botón y la
cerradura electrónica sonó como un timbre. El Joven empujó la reja metálica,
esta abrió y pudo acceder, aguardando allí mismo, pero del otro lado, al resto
de sus amigos.
El
Viejo, ya más experimentado no anduvo con rodeos, se aproximó a la ventanilla y
el boletero hizo la pregunta. El Viejo respondió ─ "Mi Dios es aquel que sin pecado concibió en María a nuestro
Señor Jesucristo, mi deber es escucharlo y propagar su mensaje". El
boletero presionó el botón y la cerradura electrónica sonó como un timbre y el
Viejo entró quedándose junto al Joven.
Luego
vino el Diácono, y como fiel sabueso del Viejo repitió el mismo mensaje, aunque
su concepto fuera distinto: ─ "Mi
Dios es aquel que sin pecado concibió en María a nuestro Señor Jesucristo, mi
deber es escucharlo y propagar su mensaje". El boletero abrió la
cerradura, el Diácono empujó la puerta y los tres amigos permanecieron allí
esperando al Nuevo.
El
Nuevo se acercó la a boletería y el boletero preguntó: ─ "Que es Dios para usted y cuáles son sus obligaciones para con
él". El Nuevo respondió que Dios no existe, que no cree que exista
nada más allá y que no cree tener deber alguno con nada. Escuchando la respuesta, los tres amigos se abarrotaron
en la reja a sabiendas que así no se entra al circo e intentando paliar la
situación. El boletero volvió a preguntar, pero la respuesta del Nuevo se
mantuvo inmutable. Ante tamaña situación, el Viejo intercedió y le preguntó al Nuevo
─ "Te acordás la semana pasada
cuando tuviste diarrea", ─ "Sí",
respondió el Nuevo ─ "Decime ¿Vos
pudiste controlar la diarrea?" ─
"No", respondió el Nuevo. Allí mismo intercedió el Diácono, fiel
repetidor de los preceptos del Viejo, y dijo ─ "Señor boletero, el Nuevo reconoce que por sobre él existe algo
que no puede controlar, y por tanto esto aplica a la definición de un Poder
Superior". Muy poco convencido el boletero, pero sintiendo la fuerte
presión de los amigos que aguardaban dentro, supo encontrarse en una situación difícil,
pues siendo una de las últimas boleterías del circo, sabía el largo camino que
ya había pasado, y fue esto por sobre la respuesta del Nuevo, lo que hizo que
presionara el botón y la cerradura se abriera, agregando ─ "Pase usted, con su Divina Diarrea", mientras sentía el
escozor de ver cómo la fiscalía de la Verdad se rendía ante la semántica del
absurdo, y la necesidad de una boletería en dicho punto, se degradaba ante la
solemnidad del ingreso.
Sin
embargo, el Nuevo no empujó la reja, se mantuvo allí y dijo ─ "Yo no creo en la diarrea, la diarrea
no es mi Dios". En aquel momento, no fue el Nuevo, sino sus dos amigos
que estaban dentro los que jalaron de la reja para abrirla antes de que el
boletero soltara el botón, tomando rápidamente del brazo al Nuevo mientras se
escuchó en un entre dientes ─
"¡Callate boludo y entrá!".
Luego
de esto, el boletero quedó meditando, pues había dejado entrar al Nuevo con
sólo una de las respuestas, pero sin haber explicado cuál era el deber del
Nuevo para con su diarrea. Por su parte, el Joven, que fue testigo de los
hechos, no podía aguardar a que llegara el momento de la función en la que el
Nuevo invocara "A La Gloria de la
Diarrea" como máxima expresión de la degradación simbólica.
Los
cuatro amigos marcharon por el pasillo y se sentaron en las plateas para
disfrutar del espectáculo. La carpa estaba muy oscura y delante de ellos había
sólo un escenario cubierto por un gran telón de paño rojo. A las 21:00hs
comenzó la función, el telón se abrió y delante de ellos había un gran grupo de
personas mirándolos fijamente y sin gesticular. Entre estas personas había una
maestra de escuela, un albañil, un panadero, la doña de la despensa, un
empleado de comercio, un mendigo, un agricultor, un herrero, el portero de un
edificio, una ama de casa, un artesano, un niño, un jubilado, y muchos otros, más
de 1.000 por cada uno de ellos.
Aquel
día, se invirtieron los roles. Los que estaban en el escenario eran los
espectadores, y los amigos en la platea eran el espectáculo. Aquel día
comprendieron que el show de payasos lo habían hecho ellos, y peor aún... nadie
se reía.

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